Error de agenda


Nos conocimos por un error de agenda. La terapeuta que debía atenderme aquel día había cambiado su turno, y en su lugar apareció ella. No supe si era la tenue luz de la consulta o el peso de mi propio desasosiego, pero sus ojos parecian contener la paz de un lago en calma. Hablaba con un tono bajo y sereno, como quien no pretende domar el mundo, sino comprenderlo.


Sesión tras sesión, fui dejando mis inquietudes sobre el diván, y en su lugar, fui llevándome sus miradas. No sabía si era la confianza que nacía entre nosotros o si había algo más que se filtraba en el aire con cada silencio compartido.


Hasta que un día, al final de la consulta, me ofreció su teléfono. En ese instante, mi seguridad se derrumbó como una catedral en ruinas. Sentía que la lógica se deshacía entre mis manos, que la linea entre paciente y terapeuta se había diluido en algo más profundo, más misterioso. Durante días dudó, pero la ansiedad de no saber qué habría al otro lado de aquel número fue más fuerte.


Le escribí.


La respuesta llegó rápida, como si también hubiera estado esperando. Quedamos al día siguiente.


Barcelona nos recibió con una llovizna leve, de esas que invitan a caminar sin rumbo. Nos perdimos en las callejuelas del Born, entre la historia y la memoria de antiguas resistencias. En el Setge dels Màrtirs, nos detuvimos bajo los soportales húmedos, donde siglos atrás comerciantes y doncellas, nobles y mercaderas tejieron historias parecidas a la nuestra. Hablábamos sin prisa, como si el tiempo no nos debiera nada.


La lluvia arreció y buscamos refugio bajo un balcón de hierro forjado. Entonces, sin necesidad de palabras, sin dudas ni titubeos, nos besamos. Fue un beso tibio en medio de la humedad de la noche, un beso que sabía a certeza, a destino, a la dulzura de los errores que terminan convirtiéndose en los mayores aciertos de la vida.


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