Sin que el mundo lo supiera

 Nunca volvieron a hablarse, aunque a él le dieron ganas de escribirle y a ella de saber de él.

Él aún tenía su número. A veces lo veía en la agenda como si fuera un nombre escrito con tinta invisible, presente pero callado. Hubo noches, como la de su cumpleaños, en que escribió mensajes que nunca envió. Los leía, los borraba, y se decía que era mejor así. Que el silencio también es una forma de respeto.

Ella, por su parte, pasaba por su perfil a escondidas. No daba like, no comentaba. Solo miraba. Se quedaba un rato largo viendo sus fotos nuevas, buscando señales, escuchando con los ojos lo que ya no se decían.

Una vez, los dos estuvieron a segundos de romper el pacto invisible. Él escribió: “Hola, ¿cómo estás?”, y ella, al mismo tiempo, pensó: “Quizá debería buscarlo, solo para saber si está bien.” Pero ninguno fue más allá del impulso. El mensaje se quedó sin enviar.

Así, siguieron.
Dos silencios paralelos.
Dos ganas no dichas.
Dos personas que se recordaban, sin que el mundo lo supiera.

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